BORA BORA

EXÓTICA PERLA DE LA POLINESIA




Perteneciente al archipiélago de las Islas Sociedad, uno de los cinco grupos de 118 islas diferentes que componen la Polinesia Francesa, Bora Bora es una gema perdida en el Pacífico Sur emergiendo sobre una laguna de azul zafiro. Su belleza, poder de inspiración y encanto son legendarios.

Las remotas islas perdidas en los llamados Mares del Sur han atraído, inspirado y, por supuesto, enamorado a un gran número de visitantes. Algunos de los primeros europeos que llegaron a estas tierras, como Bouganville, Wallis y Cook, no podían dar crédito a cuanto divisaban sus ojos después de permanecer largos meses en alta mar. Era realmente el “jardín del Edén” y no se parecía en nada a lo que los marineros de estos navíos habían podido imaginar que existiera.
Posteriormente, pintores, poetas y escritores formaron parte de los viajeros que arribaron a estos bellos rincones paradisíacos y algunos de ellos incluso se quedaron a vivir el resto de sus días, como fue el caso de Paul Gauguin. Otros como London, Matisse, Loti, Maugham, Defoe o Stevenson, también habían de encontrar la paz, la luz y los colores especiales que atraen y excitan las mentes creativas.
Visitar Bora Bora como el resto de las islas constituye, sin duda, una experiencia muy especial. Su singular atracción no radica exclusivamente en la hospitalidad de la gente polinesia y sus entorno realmente bello. Existe un ambiente especial, desde la cálida temperatura hasta el aire que se respira, éste siempre impregnado en fuertes aromas de flores tropicales, sin echar en olvido las puestas de sol inmejorables.
La Polinesia está integrada por islas de gran belleza, de amor y pasión. Cada una es especial y vale la pena explorarlas, descubrir cada rincón y disfrutar de todas ellas. Las islas que son de origen volcánico, están rodeadas la mayoría de ellas por una barrera de coral protectora -la primera etapa de la vida de un atolón-.

ORÍGENES PLAGADOS DE MISTERIO
La historia, oral por supuesto, cuenta que Bora Bora estuvo siempre habitada por dioses, quienes a veces tomaban forma humana, de animales, peces, aves y rocas.
Aseguran los nativos que Taaroa, el dios supremo de la Polinesia antigua, envió a dos de sus asistentes, a Tane, dios de la belleza y el buen tiempo, y a Tinorua, señor del océano, para que diseñaran este paraíso visual de gracia y armonía en tierra y mar.
Tahu, la deidad de los abismos submarinos le dio color a los peces, conchas, corales y otras criaturas marinas que abigarran las cristalinas aguas. Por su parte, Roma-tane, guardián del Edén, se instaló en las ramas aromáticas del pandano (planta arbórea de estas latitudes). De sus hojas entrelazadas se hicieron esteras y techos, y de su corteza y fruto nacieron los hermosos vestidos de los Arioi. Eran éstos talentosos trovadores, hombres y mujeres de carne y hueso creados por el dios Oro y antepasados de los lugareños de hoy en día, famosos por sus habilidades en el baile, a quienes se puede considerar como los primeros pobladores.
Suponen los historiadores que los primeros aborígenes maniobraron sus canoas de doble casco por el paso de Teavanui, por primera vez allá por el siglo IX, proclamando a Bora Bora como su isla más hermosa y al Motu Tapu como su islote sagrado. Los polinesios son de origen indeterminado y en lo máximo que han llegado a ponerse de acuerdo los expertos es que son de procedencia asiática, fugitivos de guerras tribales y pescadores que huían de las persecuciones chinas y se refugiaron en las islas a las que luego se adaptaron.
Siglos más tarde el destino empujaría hasta sus costas a naves con insignes tripulantes como James Cook, balleneros a la deriva, misioneros, colonizadores franceses, etc..
La primera percepción que se tiene de Bora Bora suele ser desde la ventanilla de una aeronave de Air Tahití, al culminar su vuelo de 50 minutos desde la capital. Empequeñecida por la inmensidad del cielo y el océano, asemeja una diminuta esmeralda engastada en una montura de turquesa y encerrada por un collar de perlas iridiscentes.
Islotes cubiertos de verdes palmeras parecen flotar en la cara interna del arrecife, orlados por playas blancas que se sumergen en las aguas de la bellísima laguna interior, matizada por infinitos tonos azules y verdes.
Dos o tres kilómetros al interior del arrecife emergen los acantilados de roca basáltica que constituyen el macizo central de la isla. Culmina en la cima el Otemanu (727 metros de altitud), el cual emerge cual fortaleza contra el azul del cielo a menudo envuelto en mantos de nubes estacionarias. Son éstos los restos de un antiguo volcán sumergido, cuyo cráter cabe situar a gran profundidad en la bahía Pofai. Colorado con los primeros rayos del alba, gris pizarra y verde al mediodía y dorado reluciente en el ocaso, éste monte acapara el interés incluso cuando las sombras violáceas ascienden por sus laderas al anochecer.
Cobijadas a los pies de las formidables laderas, asoman las aldeas de Vaitape, Faaniu y Anau, donde las techumbres rojas de los templos se entremezclan con otras de hojas de pandano y latón ondulado.
Desde el aeródromo en el Motu Mute, uno de los boscosos islotes, es necesario atravesar la laguna en motonave (40 mts.) hasta el embarcadero de Vaitape.

UNA ISLA DE ENSUEÑO
Bora Bora es una de las islas más bellas de la Polinesia Francesa, tiene un perímetro de 35 kilómetros y apenas unos dos mil habitantes. Una visión utópica pero real de lo que es el soñado paraíso para cualquier occidental.
Es una isla consagrada al turismo, con alojamientos para todo tipo de presupuestos. Es posible alquilar una habitación en una casa particular, una pequeña cabaña equipada con cocina o alojarse en un fantástico hotel.
Existe un club de yates con cabañas flotantes en arriendo, hoteles de tamaño moderado, un club de vacaciones asociado a una cadena internacional, amén de uno de los hoteles más lujosos del mundo.
En ninguna parte del mundo puede el viajero sentarse en su balcón privado, en medio de una laguna para admirar una indescriptible puesta de sol.
Alojado en un bungalow sobre las aguas, unas vacaciones se convierten en una experiencia que siempre resultará inolvidable
Usualmente están construidos en estilo neopolinésico, con cabañas individuales hechas de cañas de bambú y techadas con palmas. Se sitúan en la isla central como en los islotes del arrecife, rodeados de exuberante vegetación y con vistas a la laguna interior de Bora Bora.
Fuera de los alojamientos es posible encontrar algunos restaurantes y merenderos donde se sirven platos franceses, pescado a la plancha, langosta, especialidades chinas, sorbetes y la tradicional ensalada de pescado en leche de coco
A miles de kilómetros del resto del mundo, infinidad de islas perdidas en el cálido azul del Pacífico Sur evocan el atractivo de playas vírgenes, mujeres de seductora belleza, miles de especies de pájaros multicolores y una auténtica explosión de la naturaleza salvaje.
Ni siquiera la más desbordante imaginación sería capaz de reflejar tan insólita expresión de luz y color y, sin embargo, no se trata de ninguna ficción sino de una palpable realidad.
Como extraída de relatos de fantásticas aventuras, el nombre de Bora Bora suscita fantasías de evasión y atrae con su magia indescriptible a los viajeros ávidos de placer que pretenden convertir sus vacaciones en un sueño inolvidable.

(Ver interesante colección gráfica de este reportaje en GALERIA DE FOTOS)