TERRITORIO SAMBURU



África es una tierra misteriosa y fascinante en la que se aglutinan los más variados y violentos contrastes, desde la selva húmeda del nordeste del Congo y Rwanda hasta los inhóspitos desiertos del Sahara o el Kalahari, la gran sabana, las áreas pantanosas del Okawango e incluso las cumbres heladas del Kilimanjaro. Todo un abanico geográfico con los climas más extremos que da lugar a una extraordinaria amalgama de fauna y flora, al margen de infinidad de grupos étnicos, ritos y costumbres. Este extraño continente continúa encerrando muchos misterios aún no descifrados, no en balde los nativos siguen efectuando diabólicos pactos para tratar de subsistir, recelando de los hombres blancos y con pavor a sus dioses a los que no ven, pero cuyo poder temen.
Durante siglos, el litoral del este africano ejerció de punto de partida para adentrarse en el interior de la llamada “tierra tenebrosa”. Primero fueron los mercaderes árabes a la caza de esclavos, marfil, sal y copra, para embarcarse en Zanzíbar en ruta hacia Arabia y Europa. Posteriormente, el descubrimiento de las fuentes del Nilo fue uno de los sueños de los grandes exploradores. Hombres como Livingstone, Stanley, Speke, Burton, Grant y tantos otros empezaron a realizar hallazgos sorprendentes en este inmenso territorio. Sin embargo, la verdadera historia comenzó mucho antes, millones de siglos antes…

EN EL CORAZÓN DE KENYA
Ubicado en el Valle del Rift, la Gran Falla Africana, y en un área natural protegida en Kenya de unos 168 kilómetros cuadrados, limitada por el río Ewaso Ng’iro y los montes Koitogor y Ololokwe, se ubica la Reserva Nacional de Samburu, muy cerca de otros parques adyacentes como Buffalo Springs, Laikipia y Shaba.
El nombre de Samburu proviene de la etnia que habita el territorio, muy vinculada directamente con otro pueblo nilótico, los masai.
No obstante su reducida dimensión, el parque comprende diversos hábitats, en altitudes comprendidas entre los 800 msnm (en las proximidades del Ewaso Ng’iro y 1230 msnm (en el monte Koitogor). Incluye floresta ribereña, floresta de palmera dum y acacias, y tres tipos de sabana: arbolada, arbustiva y plana.
La reserva tiene escasas vías de comunicación y poca densidad poblacional, lo que la convierte en muy apta para la vida salvaje.
Dentro del parque se encuentran operando varias estructuras de hospedaje, dedicadas esencialmente al safari fotográfico: el Samburu Lodge, el Samburu Serena Lodge, el Samburu River Lodge y el Larsens Tended Campo.

EL REFUGIO DE LOS MÍTICOS SAMBURU
A los Samburu se les conoce por muchos nombres. Sampur, Burkeneji, Lokop, Chamus, e Ilcamus. En otro tiempo eran conocidos como Loibor Kineji (pueblos de las cabras blancas), pero ellos mismos suelen llamarse a sí mismos como Loikop.
Su idioma es nilótico del grupo Maa, al igual que los masai y con el cual tienen un 87% de similitudes en el léxico y la escritura lingüística.
Se les localiza preferentemente en el distrito Samburu, sur y este del lago Baringo, en el corazón del Valle del Rift. Sus pueblos vecinos son los propios masai, nandi y luo.
La historia del pueblo Samburu está unida hasta épocas muy recientes a la de los masai, compartiendo con éstos prácticamente toda su cultura.
Son fundamentalmente ganaderos, criando ganado vacuno, cabras y ovejas, y más recientemente camellos. La agricultura, que no resulta fácil en una región tan árida, ocupa a una parte muy pequeña de su población, cultivando maíz y algunos vegetales. Las manadas de vacas son más un símbolo de riqueza, teniendo un cierto carácter sagrado, que un bien destinado a su alimentación. De hecho, sólo matan una vaca cuando se encuentran perdidos, han sido robados, para subsistir durante la estación seca o cuando enferman.
Una parte de su tiempo está destinado al aprovisionamiento de determinadas plantas y raíces silvestres que se usan tanto en la alimentación como medicinas.
Las ocho grandes familias patrilineales y los diecisiete pequeños clanes en que se divide el pueblo Samburu viven en pequeños reductos o manyattas de entre cuatro y seis familias. Las viviendas bajas en las que viven y el corral para el ganado está rodeado por un cerco de espinos (mboo). Los muchachos jóvenes cuidan de las cabras y ovejas, mientras los guerreros jóvenes (il-murran) cuidan de los rebaños de vacas.
El poder político de los Samburu está en las manos de los Consejos de los líderes masculinos de cada clan que son quienes toman las decisiones que afectan a la comunidad.
La dieta habitual consiste en una mezcla de leche de vaca con sangre, a la que le añaden algunas raíces y harina. La carne, bien de cabra o de oveja, es más una comida especial que un alimento diario.
Como en otros pueblos vecinos, los muchachos Samburu (ilayeni) son circundados para pasar a la edad del guerrero (il-murran). Estas ceremonias y las correspondientes al paso de un grupo de edad a un estado superior se celebran durante ciertas fases de la luna en cabañas construidas para la ocasión (lorora). Con sus cabezas afeitadas, cada iniciado se sienta sobre una piel de buey, delante de la casa de su madre. Sujetado por dos compañeros que le acompañarán durante toda la ceremonia iniciática, se procede a la circuncisión. Después, toda la comunidad participa en los cantos y bailes.
Durante un tiempo, los muchachos salen a cazar pequeños pájaros para coleccionar sus plumas con las que se adornarán en adelante. Un mes más tarde, el muchacho se habrá convertido en il-murran y se le permitirá ponerse el ocre rojo que los distingue como auténticos guerreros.
Cinco años más tarde el grupo celebrará la ceremonia llamada ilmugit lenkarna y pasarán a un estadio superior, continuando aún considerados como il-murran. En otros seis años, el grupo de edad pasará la ceremonia ilmugit lolaingoni que les permitirá casarse. En esta ocasión la fiesta es más importante e incluirá la matanza de un buey como banquete. A partir de entonces el grupo de edad empezará a participar en las decisiones de la comunidad.
Los Samburu también suelen practicar circuncisión en las muchachas (algo que desde el gobierno se intenta acabar) a la misma edad que los muchachos.
Aunque culturalmente están muy cerca de los masai, no tienen fama de ser un pueblo guerrero agresivo como éstos, sino que valoran el respeto (nkanyit) y la tolerancia hacia los demás.
Existe algún pequeño grupo que es católico, pero la mayoría mantiene su religión tradicional en la que el sacerdote o gran laibon continúa contando con el respeto social.
Por lo general, avanzan en solitario o a lo sumo en reducido grupo, caminan con peculiar arrogancia, sin vacilar, vestidos con ropas llamativas y luciendo infinidad de collares y pinturas en el rostro y extremidades. Su aspecto inspira en principio un cierto temor y, sobre todo, mucho respeto. Al igual que los masai, en territorio Samburu, sus gentes tratan de desenvolverse fieles a sus principios y tradiciones, defendiendo con orgullo su hábitat cada vez más asediado y reducido. Sin duda alguna, parece poco menos que increíble que a estas alturas, cuando estamos en pleno siglo XXI, aún existan sobre la tierra gentes con tan marcadas características ancestrales.

FAUNA SALVAJE
La fauna mayoritaria abarca desde elefantes, búfalos cafre, cebras de Grévy, numerosas especies de gacelas, impalas, antílopes acuáticos, y entre los felinos los más numerosos suelen ser los leones, leopardos y guepardos, al margen de cocodrilos e hipopótamos y una gran cantidad de especies de aves.
Entre los colosos, los rinocerontes no son demasiado frecuentes, aunque los hay, y en ello mucho ha tenido que ver la enorme caza incontrolada que se ha llevado a cabo en los últimos años  y ha movido a los responsables de algunos países a proteger buena parte de su territorio con cuerpos especializados de anti-furtivos y tratando de vigilar, pese a no disponer de muchos medios, las posibles rutas del tráfico de marfil y pieles, las cuales suelen discurrir hacia la República Democrática del Congo (antigua Zaire) y Zambia.
En lo referente a los elefantes cabe una posible excepción y ésta es el área de Manyara (Tanzania), más hacia el sur, donde se asegura que existe la mayor concentración de paquidermos por kilómetro cuadrado que se puede hallar en el continente africano.
De todas formas, pese a que hablar de parques nacionales y citar nombres míticos en la Gran Falla como Serengeti, Manyara, Masai Mara, Tsavo, Amboseli, Virunga, Ngorongoro… Todos ellos más hacia el sur y sudoeste del continente africano, es sinónimo de reservas donde habita una gran mayoría de especies de animales salvajes, en realidad muchas de ellas se encuentran en la actualidad en peligro de extinción. No es una exageración, es una palpable realidad.
En territorio Samburu existe un proyecto para llevar agua a miles de puntos, a través de grandes pozos con los que empiece a mejorar la calidad de vida de las gentes que habitan esta zona tan desprotegida de África.
El mundo del cine y los escritores a través de sus relatos han popularizado la vida y costumbres de los Samburu, de alguna manera hemos irrumpido en su tierra, pero ellos ya se han habituado a la presencia de los blancos. Ahora, una vez vulnerada su primitiva intimidad, en ocasiones acceden a ser fotografiados a cambio de algún dinero, sin embargo, siguen mostrándose reacios en su mayoría al contacto con curiosos y extraños.
El safari incruento de la fotografía ha venido a suplir en las últimas décadas a las cacerías y expediciones de antaño, siendo el principal atractivo para el viajero que se desplaza a este bello rincón del África Oriental.

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EL ENCANTO PERDIDO DEL MISTERIOSO TÍBET



A lo largo de los siglos, el reino del Tíbet, morada de los dioses y último refugio del espíritu, quien sabe si el ansiado Shangri-la, ha cautivado la imaginación de Occidente, creándose en torno a este enigmático lugar una extraña fascinación, un auténtico mito.
Este mito tiene mucho que ver con su aislamiento, no en balde los largos inviernos, el frío, las nieves eternas, el riguroso clima en una palabra, así como el hecho de vivir al margen del resto del mundo, sin olvidar el acendrado respeto del pueblo tibetano por sus costumbres y tradiciones, han contribuido a preservar su más preciado patrimonio, su cultura.
Alguien dijo en cierta ocasión que los occidentales muestran interés por el Tíbet porque necesitan soñar. Muy posiblemente no le faltaba razón.
En realidad muy pocos saben acerca del Tíbet y de ahí el misterioso encanto que siempre despierta todo cuanto resulta desconocido. En líneas generales, hasta hace sólo unas décadas existían muy escasos conocimientos sobre el ambiente que envuelve a los tibetanos en su reducto secreto. Actualmente, quizá se conozca al Dalai Lama, se hayan visto fotografías del palacio de Potala en Lhasa o bien algunos reportajes televisivos sobre la extrema dureza de la vida de quienes habitan estos recónditos lugares al otro lado del Himalaya, pero poco más.
Lo cierto es que ninguna descripción puede ni tan siquiera aproximarse a la serena majestuosidad, la grandeza y el atractivo de sus paisajes y gentes. Percibir la sosegada sensibilidad de un mundo tan exótico como lejano y anclado a años luz de nuestra civilización, supone una fuerte sacudida al escepticismo y, por supuesto, a nadie deja indiferente.
El “país de las nieves” como le llaman los propios tibetanos, el antaño reino prohibido que tanto ha llegado a subyugar a los viajeros de todas las épocas, no ha desaparecido, existe y desde la ocupación china lucha por sobrevivir.

EN EL TECHO DEL MUNDO
La inmensa meseta del Tíbet, un océano de hierba salpicado por miles de lagos helados de un purísimo azul turquesa, es un remoto lugar donde el viento y las temperaturas extremas erosionan de forma constante las montañas, la cordillera del Himalaya, el denominado “techo del mundo” que le separa del subcontinente indio.
Las nubes quedan suspendidas sobre los grandes valles y los húmedos bosques de cedros se apiñan en las colinas, teniendo siempre como permanente escenario la más impresionante masa de cumbres (el Everest que los tibetanos conocen como Chomolangma, además del Lhotse, Nuptse y Changtse) las cuales forman profundos e inexpugnables desfiladeros y barrancos cubiertos de glaciares, cuyo deshielo da origen a torrentes que con posterioridad se convierten en los más caudalosos ríos de Asia, el sagrado Ganges, el Indo y el Mekong, así como el Yang Tsé y el río Amarillo, mientras del valle, reflejando una luz absolutamente asombrosa y con múltiples brazos, surge el Yarlung Tsang-Po que después, al llegar a la India, se transforma en el Brahmaputra.
Aunque numerosos restos arqueológicos encontrados en el Tíbet sitúan a sus primeros moradores unos 10.000 años a.C., dado el carácter nómada de la mayoría de tribus, no fue hasta hace 2.300 años cuando el país empezó a tener una presencia clara en la historia, al aparecer el mítico rey Nyakhri Tsampo quien dio origen a una dinastía de treinta monarcas que gobernaron hasta  que lo hizo el primer mandatario budista en el siglo VII de nuestra Era.
El budismo que llegó de la India bien pronto se integró en la cultura tibetana y al sufrir la península indostánica las invasiones musulmanas, el Tíbet se convirtió en el único lugar del mundo donde se practicaba el budismo tántrico.
Durante los siglos posteriores, los lamas se preocuparon de mantener aislado al país, especialmente su capital, Lhasa, por razones religiosas, tratando de mantenerle a salvo de los extranjeros.
Un año después de que Mao Zedong, líder del Partido Comunista chino, entrara triunfante en Pekín, el 7 de Octubre de 1950 se produjo la invasión del Tíbet. 40.000 soldados del ejército chino, después fueron muchos más, cruzaron el río Azul y aplastaron totalmente a la población con el pretexto de liberarles del imperialismo, forzándoles posteriormente a firmar un acuerdo reconociendo la soberanía china.
Fue una convivencia larga y difícil, máxime considerando que se trataba de dos visiones del mundo completamente antagónicas. En 1959 estalló una revuelta popular y tanto el pueblo como los lamas fueron de nuevo sometidos brutalmente. La fuerte tradición de obediencia a la autoridad establecida, evitó males mayores, aún así, prisión, torturas y muertes por inanición se impusieron a la bondad, tolerancia y perdón a los implacables torturadores.
El Dalai Lama acompañado de 135.000 tibetanos (el diez por ciento de la población) marchó al exilio y merced a la hospitalidad del Pandit Nehru fue acogido en Dharamsala (India), donde sigue residiendo en la actualidad junto con todos los refugiados que, año tras año, consiguen huir a través de las montañas. De hecho Dharamsala se asemeja más a un pueblo del Tíbet que no a la India.
Buena parte del esplendor y la belleza de una cultura milenaria quedó destruido en pocos años por unos fanáticos infectados de ideología, los guardias rojos. Los tibetanos sufrieron la crueldad de los invasores y sólo su inquebrantable espíritu sigue manteniéndoles vivos en muy precarias condiciones.
De forma muy similar a como sucedió en Mongolia y Manchuria, donde los chinos hicieron prácticamente desaparecer las tribus autóctonas, el Tíbet ocupado empezó a convertirse en el silencioso cementerio de una cultura viva.

LA CIVILIZACIÓN TIBETANA
Los tibetanos siempre han tenido una cultura muy rica. Los festivales como el del Losar (año nuevo tibetano), Xuedun, Linka y el llamado Festival del Baño están profundamente arraigados con la religión, aunque contienen también influencias externas. Cada tibetano toma parte del Festival del Baño tres veces durante su vida: al nacer, al casarse y a morir. La gente cree tradicionalmente que no tiene que bañarse y sólo debe hacerlo en ocasiones realmente especiales.
Entre sus costumbres destaca el hecho de que los tibetanos suelen llevar el pelo largo recogido en un moño alto, habitualmente envuelto en una tela roja que sirve como algo parecido a un turbante. Por su parte, las mujeres se peinan con dos trenzas, mientras que las jóvenes lo hacen con una sola.
Debido al intenso frío de la zona, las mujeres visten faldas y chaquetas de tela recia, mientras que los hombres visten pantalones largos, acompañados a veces de una banda y botas de piel.
Habitualmente se confunde al budismo tibetano con una religión, lo cual es un enorme error. El budismo es, en realidad, un conjunto de filosofías de la vida, las cuales fácilmente se adaptan a diferentes métodos de enseñanza para facilitar su aprendizaje y transmisión, cosa que Siddharta Gautama tomó en cuenta cuando comenzó a transmitir sus primeras enseñanzas. Con esto, se concluye que el budismo es, además de un camino de vida guiado por filosofías y conocimientos científicos, una recopilación de la sabiduría de innumerables generaciones de seres humanos, los cuales adquirieron un entendimiento avanzado de nuestra realidad.
Los tibetanos suelen ser fieles a la religión bon, muy parecida a la filosofía budista, aunque existen algunos grupos de musulmanes.
Los tibetanos creen en la reencarnación y realizan ceremonias religiosas especiales para el nacimiento y la muerte. Durante la ceremonia del nacimiento, los familiares se reúnen para el ritual. Se entregan regalos a los padres y al niño, que incluyen comida y ropa. Un lama siempre está presente en esta ceremonia.
En el momento de la muerte, a los tibetanos se les da un “entierro del cielo” que llevará el espíritu sano y salvo hasta el otro mundo. Primero, el cuerpo se envuelve en una tela blanca y se tiene en casa durante varios días. Los lamas visitan al difunto durante este periodo para ofrecer cánticos por su alma. El día del funeral, se traslada el cuerpo hasta el lugar del entierro; lamas, amigos y familiares acompañan al cadáver.
Los tibetanos creen que los cuervos ayudan al espíritu de los muertos a ascender (no existe un “cielo” en el budismo tibetano). Por esto, el cuerpo se deja abandonado. Si los cuervos no devoran el cadáver por completo, se considera que el difunto fue un pecador, y no acumuló suficiente mérito por medio de buenas acciones (karma positivo) para alcanzar el despertar y poder reencarnar; debido a esto, la conciencia del difunto permanece en uno de los “infiernos” descritos en los textos budistas, los cuales son similares al concepto de purgatorio.

LHASA Y EL POTALA
Mientras duró la prohibición de entrar en el Tíbet, llegar a Lhasa era como un importante desafío, nació el mito y todo el mundo soñaba con penetrar en esta ciudad sagrada del Asia Central, algo que sólo un puñado de aventureros consiguió a lo largo de la historia.
Lhasa atrae a todos los tibetanos y desde todos los puntos se dirigen a ella los peregrinos, los seres más religiosos de nuestro planeta, gentes de sonrosadas mejillas, apacible sonrisa y costumbres austeras, quienes inmersos en un ambiente de profundo misticismo alrededor de templos y monasterios, convierten la religión casi en su habitual forma de vida.
El viajero también siente haber culminado una peregrinación al llegar a esta ciudad excepcional.
El palacio de Potala surge de inmediato ante la vista con su colosal estructura de paredes blancas y tejados de oro. Incomparable ciudadela del poder budista de antaño, fue construida en el siglo XVII, siendo desde entonces la residencia de los diferentes Dalai Lama.
Tiene siete plantas, es el palacio más elevado del mundo y asemeja un universo secreto para los extranjeros. Considerado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, en su interior hay monumentos funerarios, templos, escuelas, estancias dedicadas al recogimiento y la oración, estupas de los anteriores Dalai Lama, amén de un museo con tesoros artísticos de gran valor.
El Potala o la mansión de Avalokiteswara, el llamado Buda de la compasión, es un símbolo y mientras exista será la razón de ser para los tibetanos y su cultura.
A pesar de la magnitud del Potala, el verdadero encuentro de los peregrinos que llegan a Lhasa se produce en el templo de Jokhang, situado en el corazón de la vieja ciudad. Se trata de uno de los enclaves emblemáticos del budismo tibetano y su mayor grandeza es la espiritual.
La imagen de Buda que en él se venera fue decapitada durante la invasión china. Ha sido reconstruida y es la imagen más sagrada del Tíbet.
En el interior del Jokhang el vértigo del paso del tiempo asalta a cada paso y el misticismo y la religiosidad se hacen patentes en todo momento. Las almas se relajan, preparándose para un encuentro con el mundo incorpóreo, mientras los monjes siguen avivando la llama de la fe.
En la penumbra siempre inquietante se observan imágenes de Buda y otras deidades, santones y terribles demonios. Los espíritus rondan de forma permanente entre ellas, de alguna forma es como permanecer en el mundo sin formar parte del mismo.
Al igual que en el Jokhang, en el monasterio de Drepung la atmósfera de misterio envuelve de forma irremediable y lo mismo sucede en el palacio de Norbulingka (la que fuera residencia de verano del Dalai Lama), la universidad monástica de Sera, al norte de Lhasa o en los barrios antiguos de Xigatze, la segunda ciudad del país.
A través de la semioscuridad, donde incluso puede escucharse el silencio, y amparados únicamente por las vacilantes lamparillas alimentadas con manteca rancia de yak, se percibe esa intensa espiritualidad propia de los templos tibetanos, mientras resuenan monótonos, graves y profundos los rezos de los monjes. Un mundo difícil de penetrar, casi tanto como lograr escapar de él.
El visitante que se asoma al ventanal de su realidad, cree moverse en un mundo extraño e incomprensible y, sin apenas percatarse, se siente irremisiblemente atrapado por la fascinación.
En los últimos años se han producido cambios importantes. En Lhasa es donde se percibe más la influencia y el dominio chinos y de ahí que coexistan dos ciudades en una sola, la moderna con notables edificios de hormigón y cristal, tráfico de automóviles, grandes tiendas con luminosos, locales de masaje, prostitución, karaokes, y discotecas, de hecho los nuevos ricos chinos y empleados del gobierno son ya mayoría y lo están invadiendo todo. Mientras que, por otra parte, está la vieja Lhasa, la tibetana, la de siempre, con sus estrechas callejuelas y sus mercados y templos siempre llenos de fieles.
Aunque China trata de aparentar un ambiente de normalidad que no existe, se pretende acabar con la juventud y su proverbial espiritualidad, pero la cultura tibetana lucha denodadamente por resistir esta dominación. Pekín es muy consciente de la realidad de la desafección de las minorías étnicas y de la necesidad de aplacarlas lentamente, mejor sería decir que hacerlas desaparecer, por ello no cesa en el empeño de querer imponer una transformación.
Al visitante extranjero, sin embargo, no suele gustarle el Tíbet moderno y prefiere perderse entre la multitud, rodeado de amables mercaderes y los peregrinos que entran a diario a la ciudad.
Llegados a este punto cabe preguntarse si queda algo realmente del sueño de los viajeros del pasado.
Horas y más horas de horizontes infinitos, de pensamientos perdidos, quizá sueños inalcanzables. Un tiempo vacío, de reflexión, de inmensas dudas, de tribulaciones y sosiego al mismo tiempo, hasta encontrar la auténtica paz interior. Una búsqueda de la felicidad eliminando el sufrimiento.
Un viaje al milenario Tíbet es una incursión a lo más profundo de la mente, al encuentro de uno mismo. Aunque haya perdido buena parte de su encanto, sigue siendo una experiencia, sin duda, inolvidable.

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AVENTURA EN LA BAHÍA DE HUDSON



TRAS LAS HUELLAS DEL OSO POLAR

Churchill es una pequeña ciudad al norte del estado de Manitoba (Canadá) con apenas un millar de habitantes. Situada al oeste de la bahía de Hudson, es conocida como un privilegiado lugar donde existe la mayor concentración de osos polares en otoño y por los vehículos comerciales especializados para encontrarlos.
Vaya por delante que en aquella latitud del extremo ártico la temperatura puede variar desde los 20ºC en verano hasta los -37ºC en invierno.
En la remota antigüedad, varios pueblos nómadas vivían y cazaban en la región. El pueblo thule se asentó en la zona procedente del oeste alrededor del año 1000 y evolucionó a lo que hoy conocemos como la cultura inuit. Los primeros europeos llegaron a la región en una expedición danesa en 1619, liderada por Jens Punk y en 1717 la Compañía de la Bahía de Hudson construyó el primer asentamiento permanente. La ciudad y el río recibieron el nombre de Churchill como homenaje a John Churchill, duque de Marlborough (antepasado del que posteriormente sería primer ministro del Reino Unido, Winston Churchill), que fue gobernador de la citada Compañía a finales del siglo XVII.
La principal industria existente hasta principios del siglo XX fue el comercio de pieles, aunque el declive de la misma hizo que la población pasara una época de decadencia hasta que los gobiernos de las provincias del oeste de Canadá decidieron impulsar la creación de un puerto marítimo de carga en la propia bahía de Hudson, para dar salida a sus exportaciones de trigo y un ferrocarril que lo uniera con Winnipeg, capital de la provincia de Manitoba, para lo que Churchill fue la localidad elegida en detrimento de la vecina Port Nelson.
La línea del ferrocarril llegó a Churchill en 1929.
En 1942, la Fuerza Aérea de los Estados Unidos estableció la base naval de Fort Churchill cinco millas al este de la ciudad que, tras la Segunda Guerra Mundial estuvo operada conjuntamente por Canadá y Estados Unidos hasta mediados de los años 60. Durante la segunda mitad del siglo XX, Churchill fue una base de estudios del clima y armamentísticos.
Fue en la década de los años 80, cuando el turismo comenzó a desarrollarse gracias a la llegada de visitantes para contemplar la fauna local en estado salvaje. Desde entonces, los turistas y aventureros llegan principalmente en los meses de julio y agosto para observar a las ballenas beluga, y en los meses de octubre y noviembre para ver a los osos polares. El turismo ecológico es a día de hoy una de las principales industrias de la localidad. En el año 1999, el sector turístico aportaba al menos el 40% de los ingresos de la economía local.

OBJETIVO : OSOS POLARES
Las autoridades locales de Churchill han denominado oficiosamente a la localidad como capital mundial de los osos polares, ya que durante  los meses de octubre y noviembre estos animales se dirigen hacia la bahía de Hudson una vez que la superficie de sus aguas se congela y pueden salir a cazar su principal alimento; la foca ocelada.
Durante estos meses, resulta muy frecuente ver a los osos polares en las proximidades de Churchill, incluso es habitual que algunos ejemplares se dejen ver por las calles de la localidad, con el lógico riesgo para la integridad física de sus habitantes, ya que son animales carnívoros. Los visitantes y residentes reciben instrucciones sobre cómo comportarse ante la presencia de estos magníficos animales e, incluso los niños de la escuela de la localidad, son aleccionados por sus profesores sobre la materia. Al respecto, nadie suele tomarse este asunto a la ligera. Existe incluso un toque de queda diario a las nueve de la noche, después del cual se recomienda que nadie camine solo.
Pese a lo que puede llegar a suponerse, los osos no se aproximan a Churchill en busca de comida. Lo que sucede es que la ciudad está asentada en el paso natural desde la bahía de Hudson hacia el interior, donde existen zonas de mayor vegetación. Se registran pocos casos de ataques a personas, pero cuando suceden éstos suelen ser mortales.
En las calles de la localidad se colocan también trampas específicas para atrapar a los osos polares que se acercan a las zonas urbanas. Una vez capturados, son trasladados a un centro conocido coloquialmente como “cárcel de osos polares” desde la que son trasladados posteriormente colgados de un helicóptero a zonas despobladas.
Los visitantes que llegan hasta este lugar en la temporada de avistamiento de oso polares pueden contemplarlos en excursiones muy bien organizadas en vehículos especiales conocidos como Thundra Buggy, una especie de monster track estadounidense, que recorre las zonas próximas a la ciudad o incluso pernoctar en el campo en los llamados Thundra Lodge. Existen varias compañías que realizan recorridos por la zona, aunque sólo dos pueden adentrarse en la llamada Área de Manejo de Vida Salvaje de Churchill (CWMA) y una de ellas es Frontiers North Adventures.

EL CLIMA ES UN FACTOR IMPORTANTE
Durante los meses de verano se puede nadar y moverse en kayak junto con las ballenas beluga, en lo que constituye una experiencia realmente apasionante, tanto en la bahía de Hudson como en el río Churchill. Es una época del año para poder observar las aves, realizar paseos en trineo de verano e incluso avistar a los oso polares en la tundra o a lo largo de las rocas costeras. Hay que mantener los ojos bien abiertos para contemplar la fauna restante como el caribú, el zorro rojo y del Ártico, lobos y alces.
Se requiere ir bien equipado ante la variedad de temperaturas, ya que éstas pueden oscilar desde los 25ºC y los 6ºC. Se recomienda una buena chaqueta impermeable, sombrero, gafas de sol, botas de montaña, protector solar y repelente de insectos, así como ir acompañado de una cámara fotográfica (con buenos zoom a ser posible).
Churchill tiene estaciones distintas. Lo primero que hay que hacer es planificar bien el viaje: si el visitante prefiere la observación de aves u otra fauna, o bien ver de cerca de los osos polares, o nadar con las ballenas blancas. Todo ello ayuda a determinar cuándo y cómo debe ir equipado.
En otoño, especialmente entre octubre y noviembre, es la mejor temporada de visualización de los osos, dado que es cuando empiezan a moverse de su hábitat de verano en la tundra al territorio de caza de focas en la bahía de Hudson. Desde finales de noviembre hasta finales de marzo es el momento perfecto para ver las llamadas luces del norte e ir en trineos de perros.
A finales del invierno/primavera, los visitantes pueden aventurarse en el Parque Nacional de Wapusk para observar a las hembras de los osos y sus jóvenes cachorros cuando salen de sus madrigueras.
En invierno, las temperaturas pueden alcanzar fácilmente más de -40ºC. y por lo tanto hay que ir muy bien pertrechados.

CÓMO LLEGAR HASTA CHURCHILL
No hay carreteras en Churchill, por lo que el transporte principal es por aire o ferrocarril.
El servicio aéreo a Churchill está disponible todo el año. Aquí están disponibles las aerolíneas con vuelos especiales, especialmente la Calm Air Internacional. Para los viajes en otoño es preferible reservar viaje con suficiente antelación. Un vuelo desde Winnipeg dura aproximadamente dos horas.
Para los fletes locales en Churchill hay que contactar con Hudson Bay helicópteros.
La Via Rail Canadá sale de la estación desde Winnipeg hasta Churchill todos los domingos y martes por la mañana. El tren llega y sale de Churchill todos los martes, jueves y sábado.
Como no se puede llegar en coche dado que no hay caminos, puede conducirse hasta Thompson y una vez allí volar o bien coger el ferrocarril. Toda la información al respecto se puede encontrar en Thompson.
Descubrir éste rincón de Churchill, junto a la bahía de Hudson, y observar de cerca de los osos polares en su hábitat, resulta, sin lugar a dudas, una aventura apasionante.

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